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14/09/2015

La Rioja, el otoño y el vino

En setiembre se acortan los días, se alargan los recuerdos y empieza la época en que La Rioja está más hermosa. El otoño es la  estación por excelencia de esta tierra, la que más le favorece. ¿Quieres saber por qué ?

Tiene mucho que ver la luz. Tan dorada, en estas fechas,  que parece que llega al paisaje después de atravesar un celofán de color oro. Es una luz que acaricia y que te hará sonreír con los ojos cerrados.

Si paseas por los pueblos, y tienes buen olfato, reconocerás el aroma a pimientos recién asados sobre la leña y cuando vayas de un lugar a otro por las carreteras locales, te encontrarás el tesoro de la vendimia. Y lo llamo tesoro porque La Rioja no puede entenderse sin el vino.

No sólo porque es el sustento de agricultores, bodegas y otras gentes, que esto también es importante. Sino porque el vino está en la esencia del ser riojano. Ha determinado la cultura popular, el carácter abierto y hospitalario de estas gentes y hasta el urbanismo y la arquitectura de sus pueblos.

Visitar La Rioja en otoño es una oportunidad para conocer la vendimia y lo que representa. Te toparás con los remolques llenos de uva que llevan los tractores, a las puertas de las bodegas verás muchos viticultores que esperan a entregar su cosecha, en la viña observarás a las cuadrillas que cortan los racimos con la tijera y se llevan los cestaños al hombro, antes de descargarlos.

 

Es un momento ideal para seguir la estela del vino y visitar los barrios de bodegas. Hay uno, único en el mundo, porque tiene la mayor concentración de bodegas centenarias. Es el Barrio de la Estación de Haro. Se hizo en la segunda mitad del siglo XIX, junto a las vías del tren, para que el vino pudiera beneficiarse de aquel “novedoso” sistema de transporte.

Muchas de las bodegas que han dado proyección internacional al rioja están en este barrio y adentrarse en sus túneles excavados en la roca, ver la labor que hicieron los canteros, respirar la humedad de las entrañas de la tierra, contemplar tinas centenarias y antiguas barricas, que entonces revolucionaron la manera de hacer el vino…, todo este maravilloso paisaje subterráneo es un inolvidable viaje en el tiempo que tú, como viajero, no te puedes perder.

A ocho kilómetros de Haro está Briones, otro hermoso lugar. En este pueblo se encuentra el Museo Vivanco de la Cultura del Vino. En los veinte años que lleva abierto se ha convertido en un museo de referencia para quienes quieren saber todo o casi todo del vino. La manera en la que se cultiva, la forma en que se elabora, cómo es su crianza, la evolución de los útiles y las técnicas, la investigación enológica, la manera en que el vino se lleva a la mesa y se degusta…Es sorprendente, por ejemplo, su colección de sacacorchos.

Y en este recorrido, no falta el reflejo que el vino ha tenido en el arte. El Museo tiene un valioso fondo pictórico, siempre con el vino como tema de inspiración,  con grandes firmas como Picasso, Sorolla, Juan Gris, Chillida, Barceló o Genovés.

Y si aún te has quedado con las ganas, cuando visites Logroño pásate por el Centro de la Cultura del Rioja, en el corazón del Casco Antiguo. Tiene una exposición interactiva y con juegos sensoriales para acercarse al vino. También se programan actividades como la “cata diaria”,  con un profesional que enseña a catar, y hay un bar para disfrutar de la gastronomía y los vinos de la tierra. Todo,  en un edificio renacentista, con valor patrimonial e histórico, el Palacio de los Yanguas, que ha tenido una rehabilitación en la que conviven elementos arquitectónicos de su pasado con otros de vanguardia.

En la Sierra, donde estamos, no hay viñedo. Hoy no se cultiva más arriba de los 600 metros, pero hay documentación de que en el siglo XVI ocupaba terrenos a más de 1000 metros de altitud. Quizá, por eso, en los pueblos serranos es habitual el topónimo “viña” o “viñas”.

Aqui, en Velilla, a Lola y Raúl les encanta, siempre que pueden,  darte la bienvenida a sus casas con un vinito de rioja y algo de chorizo para picar, chorizo casero, de la matanza. De esta costumbre tan serrana ya os hablaré otro día.

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