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Escucha el silencio

14/09/2015

Tejados “made in” Velilla

La primera vez que Lola y Raúl vieron Velilla, desde la carretera, les llamó la atención una hiedra: la que tapiza las paredes ruinosas de la iglesia. Cuenta la mitología que soñar con la hiedra es un buen augurio para el amor. A Lola y Raúl no les hizo falta soñar; con sólo ver aquella estampa, surgió su flechazo con la aldea.  

Supieron desde el primer momento que harían todo lo posible por tener una casa en este lugar. A veces el amor no lo pone fácil, pero en las historias de pasión nunca se tira la toalla. ¿Y qué pasó? Pues que, evidentemente, lo consiguieron. Contactaron con un vecino que vendía un lote de tres casas: una no, tres. Lo de la “familia numerosa” nunca lo imaginaron, pero , aún así, no se lo pensaron y ahí comenzó todo.

En la reconstrucción que Lola y Raúl han hecho de las casas del hospedaje han respetado la arquitectura serrana. Antaño las gentes construían con los materiales que tenían más a mano. Por eso las Casas de Velilla son de madera, piedra y tierra, que abundan en el entorno. Hoy lo llamaríamos “arquitectura sostenible”, “bioconstrucción” o con alguna otra etiqueta semejante. Entonces era rentabilizar lo que había, por puro sentido común.

Hay una excursión muy bonita desde las casas rurales hasta la tejera de Velilla, dentro del bosque. Es una de las tejeras mejor conservadas en esta comarca del Camero Viejo. Durante muchas generaciones los tejados de estos pueblos se modelaron y cocieron en la tejera de Velilla.

Nada más verla parece una gigantesca y misteriosa máscara pétrea con dos ojos. Esos vanos son lo que llamaban “las calderas”. Ahí se ponía la leña que servía de combustible para cocer las tejas,  que se colocaban, justo encima , en el  horno.

Junto a la tejera, se preparaba la masa de tierra y agua para las tejas;  luego se ponía sobre un molde que antes se espolvoreaba de ceniza para evitar que el barro quedara pegado. Era entonces cuando las tejas se metían al  horno, de canto, para que llegara a todas el mismo calor.

La tejera funcionaba en los meses de buen tiempo, hasta la llegada de los primeros hielos. Cuando la visites recuerda que éste era un lugar de cierto bullicio: los muleros con las carretas de tierra, los vecinos que amasaban el barro, los que cuidaban el fuego…sus cánticos durante la labor, sus conversaciones…

La cocción en el horno duraba unas 30 ó 35 horas. En ese tiempo había que alimentarlo de leña y vigilarlo, y en la vigilia de la noche, pendientes del barro, seguro que fraguaron buenas amistades.

Cuando la cocción terminaba, el horno estaba al rojo vivo. Había que esperar de cuatro a diez días para poder sacar las tejas y llevárselas.

¿Te das cuenta de las historias que guarda la arquitectura popular? Las sentirás al alojarte en nuestras casas y te las llevarás contigo para siempre.

El camino a la tejera está indicado con tejas, como no podía ser de otra manera. Lola y Raúl estarán encantados de darte toda clase de detalles para que disfrutes de esta excursión, estupenda para toda la familia.

¡Ah! Una última curiosidad: las tejeras del Camero Viejo eran municipales. Sólo las podían usar quienes vivían en el pueblo. Por eso, era habitual que los moldes para hacer las tejas se guardaran en el ayuntamiento.

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